Gracias por su consulta. Podemos distinguir dos asuntos que deben tratarse por separado. El primero, lo que tiene que ver con el significado de Eclesiastés 9:5 y el segundo, lo que tiene que ver con que si los muertos tienen memoria de lo que dejaron atrás en el mundo de los vivos. Vayamos pues a lo primero. Para entender el significado de Eclesiastés 9:5 es necesario tomar muy en cuanta el contexto. De modo que vamos a leer el pasaje bíblico en Eclesiastés 9:1-5 donde dice: “Ciertamente he dado mi corazón a todas estas cosas, para declarar todo esto: que los justos y los sabios, y sus obras, están en la mano de Dios; que sea amor o que sea odio, no los saben los hombres; todo está delante de ellos. Todo acontece de la misma manera a todos; un mismo suceso ocurre al justo y al impío; al bueno, al limpio y al no limpio, al que sacrifica y al que no sacrifica; como al bueno, así al que peca; al que jura, como al que teme el juramento. Este mal hay entre todo lo que se hace debajo del sol, que un mismo suceso acontece a todos, y también que el corazón de los hijos de los hombres está lleno de mal y de insensatez en su corazón durante su vida; y después de esto se van a los muertos. Aún hay esperanza para todo aquel que está entre los vivos; porque mejor es perro vivo que león muerto. Porque los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido.” Eclesiastés es el libro que escribió el sabio Salomón en su vejez, después de haber experimentado por sí mismo que cuando el hombre se aleja de Dios cae en un profundo abismo de desesperanza. Como un buen sabio, Salomón reconoce que solamente Dios sabe a la perfección lo que hay en el corazón del hombre. Alguien puede parecer muy justo y muy sabio ante los hombres, pero solamente Dios sabe si en esa persona hay odio o hay amor. El hombre es muy capaz de esconder el odio detrás de palabras o acciones que aparentemente parten de una actitud de amor. Esto se llama hipocresía. Ningún ser humano puede ser hipócrita con Dios, porque Dios conoce lo que hay en el corazón del hombre. Luego Salomón pasa a reconocer que la muerte física no tiene respeto por nada ni por nadie. Así como muere físicamente el justo, muere también físicamente el impío. Así como muere físicamente el bueno, también muere físicamente el malo. Así como muere físicamente el limpio muere también físicamente el no limpio. Así como muere físicamente el que sacrifica, también muere físicamente el que no sacrifica. Así como muere físicamente el bueno, también muere físicamente el que peca. Así como muere el que miente bajo juramento, también muere el que dice la verdad bajo juramento. Mientras el Señor tarda en venir para arrebatar a su iglesia, el hombre, aún cuándo sea creyente, no puede evitar pasar por esa experiencia llamada muerte física. Es la consecuencia del pecado. Solamente los creyentes que estén vivos cuando venga el Señor a arrebatar a su iglesia no experimentarán la muerte porque serán transformados en un abrir y cerrar de ojos. Así que, la muerte física corta de un tajo la existencia de todo ser humano, sin importar su condición moral o espiritual. Es desde este punto de vista, que Salomón llega a una conclusión muy obvia. Mientras haya vida hay esperanza para realizar cualquier cambio. A esto se refiere ese dicho tan interesante de Salomón: Mejor es perro vivo que león muerto. Desarrollando este ingenioso dicho, Salomón dice que los vivos saben que han de morir, entonces pueden ocuparse en prepararse para morir, en cambio los muertos nada saben, ya es tarde para ellos, ya no pueden ocuparse en prepararse para morir porque ya están muertos. Los muertos ya no tienen oportunidad ni de hacer lo malo ni de hacer lo bueno, por tanto no hay paga por sus acciones. Cuando alguien muere, la tendencia general de los vivos es a olvidar la memoria del muerto. Cuando Salomón habla de que la memoria de los muertos es puesta en olvido, no está hablando de que los muertos entran al sueño del alma o a un estado de inconciencia. De lo que está hablando es de que los muertos no tienen nada que hacer en el mundo de los vivos. Observe lo que dice Job 7:8-10 “Acuérdate que mi vida es un soplo, y que mis ojos no volverán a ver el bien. Los ojos de los que me ven, no me verán más; fijarás en mí tus ojos, y dejaré de ser. Como la nube se desvanece y se va, así el que desciende al Seol no subirá; no volverá más a su casa, ni su lugar le conocerá más.” Muy bien. Vayamos ahora al asunto de si los muertos recuerdan lo que dejaron atrás en el mundo de los vivos. En el Nuevo Testamento existe una historia de dos personas que murieron, relatada por el Señor Jesucristo. Al menos una de ellas nos provee de información valiosa con relación a lo que nos ocupa. Leamos el pasaje bíblico. Se encuentra en Lucas 16:19-31 donde dice: “Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquel, lleno de llagas, y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico, y aun los perros venían y le lamían las llagas. Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado. Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vi de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama. Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado. Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá. Entonces le dijo: Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento. Y Abraham le dijo: A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos. Él entonces dijo: No, padre Abraham; pero si alguno fuere a ellos de entre los muertos, se arrepentirán. Mas Abraham le dijo: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos.” En esta historia, tenemos a dos personas, dos estilos de vida, dos muertes, y dos destinos. Mucho podríamos decir sobre cada una de estas cosas, pero por ahora nos interesa exclusivamente lo que sucedió una vez que los dos murieron. El uno, cuyo nombre era Lázaro, fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Esto es todo lo que la Biblia declara sobre este hombre. Este hombre arregló su problema de pecado con Dios mientras vivía y cuando murió pasó a un lugar de bendición llamado el seno de Abraham. El otro, de quien sólo se sabe que era un hombre extremadamente rico, jamás arregló su problema de pecado con Dios y al morir y ser sepultado, inmediatamente se halló en el Hades. Ese mismo instante, este hombre estaba conciente de varias cosas. Número uno, de que estaba en tormento en fuego. Número dos, de que Lázaro estaba a lo lejos, en el seno de Abraham. Número tres, de que estaba experimentando una terrible sed. Dirigiéndose a Abraham le dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama. Número cuatro, de que lo que estaba experimentando era consecuencia de su estilo de vida mientras estaba vivo en el mundo. Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado. Número cinco, de que es imposible salir del Hades e ir al seno de Abraham. El rico escuchó a Abraham decir: Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá. Número seis, y aquí yace la respuesta a su consulta. El hombre rico recordaba a su familia que había dejado atrás en el mundo de los vivos, y no sólo eso, sino que quería que su familia no sufra como él estaba sufriendo. Por eso es que dijo a Abraham: Te ruego, pues, padre, que le envíes, se refería a Lázaro, a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento. La respuesta de Abraham fue negativa. Los muertos no pueden regresar al mundo de los vivos. Abraham le dijo: A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos. El rico insistió en su pedido, pensando que si un muerto regresara al mundo de los vivos causaría un gran impacto para que los familiares del rico se salven. La respuesta de Abraham fue en el sentido de que si no oyen a la palabra de Dios no oirán tampoco a alguien aunque venga del mundo de los muertos. Si este hombre que había muerto tenía memoria de su familia, ¿quién quita que los que han muerto y están en el cielo también tenga memoria de lo que dejaron atrás en este mundo mientras estaban en vida? En todo caso, cualquier recuerdo no producirá en ellos tristeza ni dolor ni angustia, porque toda emoción negativa estará ausente en el cielo.