El autor Richard Mouw cuenta de un teólogo negro de Sudáfrica que luchaba con recuerdos dolorosos de la vida bajo el apartheid. Escribió: «Relató la historia de una niña africana cuya maestra le pidió definir “memoria”. Después de pensarlo, la niña dijo: “La memoria es aquello que me ayuda a olvidar”». ¡De la boca de los niños! Como su pasado contenía mucho que no quería recordar, prefería acordarse de lo bueno.
Muchos llevan cicatrices de cosas terribles, aparentemente imposibles de olvidar. Pero la sabiduría de esa niña trae esperanza. Si aprendemos a recordar cosas mejores, esto puede ayudarnos a dejar atrás nuestro doloroso pasado. En el Salmo 42, el salmista se siente como un ciervo que huye por su vida. Pero agrega: «Me acuerdo de estas cosas, y derramo mi alma dentro de mí; de cómo yo fui con la multitud, y la conduje hasta la casa de Dios, entre voces de alegría y de alabanza del pueblo en fiesta» (v. 4).
Los recuerdos del salmista sobre la adoración a Dios lo animaron a alabarlo, aun en medio del sufrimiento: «¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío» (v. 5). Recordar quién es nuestro Dios y que somos suyos puede ayudarnos a avanzar más allá del pasado doloroso que no podemos olvidar.



